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Por Francisco Javier Ruiz-Tagle

Hace ya muchos años - un par de décadas tal vez o algo más - que los humanistas venimos postulando la misma idea: que este es un sistema que no funciona. Y cuando decimos “sistema” nos referimos - por si alguien no lo entiende - a ese conjunto de prácticas sociales, consensuadas o no, que regulan nuestra vida colectiva.
Cuando hicimos por primera vez aquellas quemantes declaraciones, la soberbia “neoliberal” estaba en su apogeo de modo que fueron consideradas “ideologismos” trasnochados y se las desechó de inmediato con desprecio. También dijimos, con una humildad inusitada para el ambiente político de la época, que nuestras propuestas podían constituir una salida de emergencia, en el caso de que las cosas no marcharan como se preveía. Una vez más, miraron con sorna nuestra “ingenuidad”: pero si estaba todo bien y mañana las cosas irían aún mejor.

Puede sonar un tanto odioso que recordemos estos dichos ahora, cuando todo anda mal en el mundo, afectados como estamos por una monstruosa crisis financiera aderezada con crisis ambientales, crisis de los estados nacionales, crisis sociales, cesantía y descontento generalizado entre los jóvenes, no sólo por las condiciones económicas en las que deben vivir sino sobre todo por la aguda falta de sentido de la que se ha impregnado todo quehacer humano por estos días. Pero el actualizar estas ideas no es un acto reivindicatorio ni mucho menos: es una necesidad, considerando el nivel de confusión que observamos a nuestro alrededor. Muchos de los que antes defendían con pasión a la “mano invisible” del mercado son los mismos que ahora claman por una mayor participación estatal para que regule el actuar desorbitado de esa mano mágica, respecto de la cual se creía (o se quería creer) que era capaz de resolverlo todo por sí misma, sin intervención de ninguna otra entidad. Hay muchos que ahora cuestionan el lucro, cuando en su momento ensalzaron al egoísmo y anunciaron con total convicción que ese era el motor del progreso.

En fin: marchas y contramarchas; tanto que este asunto ya nos está pareciendo una danza jocosa y algo dislocada. Pero, aunque les pese a los desesperados, ya no es posible volver atrás, porque los procesos históricos son irreversibles. El Estado moderno, ese constructo del idealismo decimonónico está definitivamente superado (¡enhorabuena!), tanto por la crisis del concepto de estado-nación en un mundo globalizado como por el hecho de que fue reemplazado en su momento por un paraestado, constituido por el poder financiero internacional, fenómenos que lo han dejado en una situación de extremas debilidad e impotencia. Sin embargo, también el mercado está siendo sobrepasado por los hechos, cuando empiezan a quedar en evidencia por todas partes las trampas que escondía ese supuesto mecanismo perfecto. Así, cuando hemos dicho que el sistema no estaba funcionando, hablábamos en términos muy concretos, nada ideológicos, entre otras cosas porque el humanismo nunca ha sido una ideología. El tiempo ha venido a confirmar nuestras previsiones, pero también ha puesto a la humanidad en una encrucijada muy difícil, dado que si las soluciones elaboradas en el pasado para articular la gestión colectiva ya no funcionan, debemos ser capaces de avanzar hacia nuevas respuestas.

De cualquier modo, hoy podemos decir con propiedad que se trataba de soluciones deficientes así es que a no echarlas tanto de menos, porque ese mismo vacío nos está poniendo en una situación estimulante y creadora. Hoy todo está en cuestión, pero no por acción de un revolucionarismo voluntarista de viejo cuño sino porque los hechos, los duros hechos nos han traído hasta acá. Y el aspecto más cuestionado es aquel que se refiere a la administración del poder. Entonces, si la democracia representativa se encuentra totalmente desprestigiada por el actuar de los “representantes” (es decir, de los políticos profesionales) es un contrasentido pensar que la solución a nuestros males actuales consista en devolver al Estado algunas de las atribuciones que ha venido perdiendo. Ese es un camino que no parece viable, salvo que se incorporen nuevas cláusulas constitucionales que permitan a los pueblos destituir a aquellos políticos que no cumplieran sus promesas electorales. Pero cuando eso suceda, estaremos hablando de una nueva democracia.

El punto es que eso es lo que está pidiendo el momento histórico que nos toca vivir: soluciones nuevas para problemas nuevos. Tal vez ahora, que la soberbia economicista y tecnocrática ha perdido vigor, la “escalera de incendios” propuesta por el humanismo sea de alguna utilidad y entonces se nos escuche con un poco más de respeto.

Ficnova 2014

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