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Por Mariano Quiroga.
Históricamente los defensores de los Derechos Humanos han respetado y avalado las resoluciones de Naciones Unidas, dando legitimidad a un Foro que se presentaba como plural y de trato igualitario entre países. Esas condiciones desaparecieron del interior de la ONU, pasando a ser un ente supeditado a los caprichos e intereses de los miembros del Consejo de Seguridad.
Fueron las potencias atómicas quienes se autoerigieron en un suprapoder con derecho a vetar las decisiones de la mayoría, dilapidando la estructura democrática y equitativa que existía en el sustrato de Naciones Unidas.
Los primeros países en conseguir fabricar armas de destrucción masiva fueron considerados como disuasorios y utilizaron ese poder durante el Siglo XX para poner y quitar gobiernos, para imponer planes económicos y condiciones favorables para el crecimiento y desarrollo de sus empresas, adueñándose de las materias primas y mano de obra necesaria para continuar con sus modelos expansionistas.

Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido y China han utilizado su poderío militar para ejercer una supremacía aterradora sobre el resto del planeta, llegando a justificar sus exterminios como guerras preventivas o defensa de los Derechos Humanos de las víctimas de sus bombardeos.
El ejemplo más reciente de este intervencionismo sangriento lo hemos visto en Libia, país en situación crítica después de las masacres sucesivas y con las problemáticas previas al ataque irresolutas.
La utilización de los medios de comunicación de masas para fomentar la ayuda humanitaria explosiva o para crear cortinas de humo y silenciar los hechos que ocurren durante las intervenciones son prácticas habituales y son claves para dominar la opinión pública. No importa lo que haga o deje de hacer el líder de un país remoto, la repetición del juicio elaborado por los poderes fácticos, multiplicado en cadena y repetido las 24 horas del día termina por establecer la idea de que es inevitable actuar contra ese líder o ese pueblo que sostiene un líder ilegítimo.
 
Gadafi, asesinado en directo y con su cuerpo sin vida errando entre las mofas de sus ejecutores ha sido la última víctima de renombre del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, rodeado del silencio cómplice del resto de naciones aterrorizadas por el poder de exterminio de esos 5 países.

En este preciso instante se libra una batalla en el seno de dicho consejo, donde 3 países intentan convencer a los otros dos de la necesidad imperiosa de arrasar Siria y deponer a Bashar al-Assad. Son difusas y contradictorias las informaciones que circulan, tanto sean las que justificarían dicha intervención como las que explican las razones por las que Rusia y China se oponen. ¿Conflicto de intereses?, ¿humanitarismo?, ¿posiciones estratégicas de cara a un conf licto entre potencias nucleares?


El panorama es confuso y peligroso. El eje fundamental de cualquier discusión debería ser la oposición a la violencia proveniente de cualquier bando. No se puede apagar un incendio echando gasolina. Las medidas de presión diplomáticas e incluso los bloqueos y sanciones pueden ser consentidos si no se convierten en un elemento desestabilizador que sólo sirve para acelerar el descalabro y dar vía libre al intervencionismo extranjero.

Ficnova 2014

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