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Tradicionalmente, hasta la segunda guerra mundial, el militarismo pujaba ante los Estados por una porción mayor del presupuesto global de cada nación. Generalmente en relación a los gastos y asignaciones para armamento que observaban en sus vecinos y potenciales adversarios. La concepción de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” (Clausewitz) tornaba razonables para los gobiernos –muchas veces también para la población- la asignación creciente de recursos para armas. Era un gasto más para “una necesidad” creada por otros y que ponía en peligro la seguridad nacional.

Tras las guerras mundiales -con mucha mayor nitidez tras la segunda- y con la llamada Guerra Fría entre los Estados Unidos de Norteamérica y sus aliados y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) la situación cambió radicalmente. Los gastos en armamento empezaron a considerarse una inversión en producción industrial y una importante fuente de trabajo. La producción de armas se insertó en los estados como un elemento importante de la economía y esta tendencia fue creciendo hasta convertirse en una pieza clave. Surgió así la denominación –atribuida al Presidente Eisenhower- de “complejo industrial militar”.

Tras la segunda guerra mundial en la que los Estados Unidos “ensayaron” los efectos de la bomba atómica contra la población civil indefensa de Hiroshima y Nagasaki los presupuestos “de defensa” crecieron exponencialmente tanto en ese país como en su oponente, la URSS. A partir de allí se desarrolló la aviación, la cohetería necesaria para que las cabezas nucleares llegaran lo más lejos posible, para que pudieran dispararse desde submarinos nucleares y se crearon bases militares en países aliados para acercarse a los objetivos enemigos. Comenzó una carrera armamentista que requirió de fuertes inversiones para la investigación nuclear, la tecnología militar convencional y las crecientes demandas industriales sujetas a los ciclos de obsolescencia de los materiales bélicos y sistemas de armas, producida por los avances del enemigo.

La carrera espacial derivó también hacia una opción de uso militar y aún hoy esa tecnología está presente en el escudo estelar que los EE.UU. pretenden instalar en Europa del este.

Esa competencia llega en los últimos años de la Guerra Fría a ocupar dos tercios del Producto Bruto Industrial en temas de “defensa” quedando sólo un tercio para lo que llaman la “economía doméstica”. Los datos se conocieron cuando la URSS, Mijail Gorbachov mediante, impulsó un desarme aceptado pero no cumplido por los Estados Unidos.

La URSS, que realmente inició el esfuerzo del desarme y la reconversión de la industria bélica, se encontró con muchísimos problemas que revelan hasta qué punto estaba inserto el armamentismo en la economía y en la estructura del Estado. Sólo para dar un ejemplo del nivel de especialización que la producción de armas nucleares y la misilística requiere, la URSS se encontró con un millón de técnicos sin aplicación en otros sectores de la vida laboral. Desocupados y necesitados de una nueva capacitación que demandó tiempo y dinero.

La inserción del armamentismo en la economía es el asunto más complejo del desarme porque se trata de una interacción entre armamentismo como producción que da empleo y armamentismo como medio para alcanzar objetivos político-ideológicos mediante la vía militar. Es posible romper ese encadenamiento y aislar el armamentismo de una economía que fue calificada como “de muerte” por algunos analistas.

A lo anterior hay que agregar que los objetivos políticos de los estados han cedido ante la primacía militar, en general y en particular cuando va unida a objetivos económicos como la apropiación de recursos naturales estratégicos. Es el caso de las guerras que los Estados Unidos desataron en el Golfo Pérsico.

Se trata de problemas no irresolubles. Hay que planificar la reconversión del “complejo militar industrial” en un proceso gradual y no traumático. Pero está claro que es una tarea imprescindible, urgente y posible.

El razonamiento del antihumanismo

No vamos a detenernos en este enfoque que hacen algunos cínicos, pero es necesario que lo tengamos presente como un dato de la realidad. El razonamiento, de fuerte sentido común, de que es posible eliminar el hambre del mundo si se destina sólo una parte de los recursos asignados a los armamentos, es rebatido por los modernos seguidores de las teorías maltusianas. Según ellos, la guerra, las epidemias, el hambre, las catástrofes naturales son los procedimientos por los que se autorregula la población del planeta.

El hambre es la forma más barata de eliminar el excedente de población que, de sobrevivir, causaría un crecimiento exponencial agotando rápidamente los recursos alimentarios.

Las connotaciones racistas y elitistas de esta postura son evidentes cuando se piensa en los países cuyos minerales importan más que las personas, como es el caso de los africanos. Hambre, guerras y epidemias son una realidad impuesta desde hace siglos y, a juzgar por la inacción de los estados europeos que colonizaron ese continente y por la indiferencia del resto del mundo, el anti humanismo es una realidad. Pero modificable si existe una intencionalidad de cambio.

Los problemas de una explosión demográfica pueden superarse con el aporte científico y una nueva perspectiva moral. Pero hay que comenzar por decidir sí realmente queremos un mundo al servicio del ser humano o un ser humano al servicio de una economía de muerte. Son épocas de definición y de acción.

Ficnova 2014

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