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Publicamos acá la charla de Tomás Hirsch en la sesión de apertura del Foro Mundial de Migraciones que tuvo lugar hoy en la ciudad de Sao Paulo, Brasil, ante un público proveniente de veintiocho países.

“Participo de la corriente de pensamiento, espiritualidad, así como de acción política y social conocida como Humanismo Universalista, fundada por el pensador humanista argentino Silo, a fines de los años ‘60.

El Humanismo Universalista ubica al Ser Humano como valor central. A partir de la conexión de la propia conciencia con el Sentido Profundo, trabaja por la transformación personal y social simultánea, a través de la No Violencia Activa, proyectando construir un mundo más justo y una Nación Humana Universal.

Como muchos, soy hijo de la inmigración. Mi padre nació en Alemania y muy joven fue trasladado a un campo de trabajos forzados en el norte de ese país. Desde ahí logró escapar a Holanda donde obtuvo una visa para viajar a Chile. A comienzos de 1939, subió al último barco viajando hacia Chile con refugiados antes de que estallara la guerra. Posteriormente se casó con otra inmigrante judía y tuvieron tres hijos. El mayor de ellos se casó con una filipina cuya familia dejó el país de la dictadura de Marcos. El segundo se casó con una alemana y su actual pareja es colombiana. Y si miramos la generación siguiente, mi hija se casó con un argentino nacido en Suecia, hijo de ex presos políticos exiliados por la dictadura. Finalmente, todos somos hijos de las migraciones. En nuestro ADN están dibujadas todas las regiones del planeta.

Las poblaciones humanas se arraigan y emigran desde el surgimiento de las primeras tribus. Movidos por una forma de vida nómade o por la búsqueda de mejores condiciones de vida, por desastres naturales, por exterminios políticos o étnicos, o simplemente requeridos como mano de obra barata, los movimientos de conjuntos humanos de un lado a otro del planeta han sido constantes desde tiempos remotos. Migramos desde nuestros orígenes, ascendiendo desde las llanuras africanas a las fértiles tierras europeas. Nuestros ancestros cruzaron el Estrecho de Bering y se desplazaron a los centros urbanos de las grandes civilizaciones, Egipto, Mesopotamia, el Indo, China, Europa y América.

En la actualidad, diversas razones motivan estos traslados. Se busca reunificar a la familia, superar dificultades económicas, salvar la dignidad personal, opinar libremente o simplemente pensar, pero, en la mayoría de los casos no se trata de una opción, hay detrás situaciones dramáticas. Se huye de la guerra, del genocidio, de las persecuciones religiosas y de género o de las llamadas “limpiezas” étnicas.

Si en la antigüedad los desplazamientos humanos demoraban décadas, centurias y milenios, hoy en pocas horas grandes masas se desplazan de un punto a otro del planeta. Las barreras son políticas y los Estados por un lado atraen inmigrantes para explotarlos y por otro lado levantan muros físicos y legales para controlar su entrada. Las corrientes migratorias desde el Sur hacia el Norte son cada vez más masivas, generando guetos de pobreza en los que miles sobreviven en condiciones infrahumanas y en el mejor de los casos recibiendo salarios de hambre. En todas partes los inmigrantes sufren permanentemente las consecuencias de la discriminación, y a esto se agrega la inmediata sospecha que cae sobre ellos por profesar una determinada religión o provenir de países invadidos y ocupados que luego son marcados como “cunas” de terroristas y asesinos. Se trate de inmigración extranjera o migración interna proveniente del campesinado rural, en todos los casos se verifican atropellos, violación a los derechos humanos, explotación económica y discriminación. El Estado nacional, sobrepasado, no puede responder a las demandas de la población, y la inmigración genera una presión adicional a las estructuras de salud y educación cada vez más deficitarias.

La gigantesca ola migratoria, sobre todo desde África y Medio Oriente a Europa y de América Latina a Estados Unidos está profundamente ligada a dos problemas que caracterizan esta época y sobre los cuales me quiero detener un momento: la pobreza y la violencia.

Con respecto al primero, es claro para todos que las tesis que sostenían que la globalización económica, por simple acción del mercado elevaría el nivel de vida de los más pobres, fracasaron. El actual modelo ha generado una concentración de riqueza y poder sin parangón en la historia humana. Esta concentración es responsable de la desigualdad, la violencia y la pérdida de libertad creciente que experimentamos.

Y en cuanto a la violencia, no es posible ocultar (por más que se intente), que los países de la llamada economía “libre”, forjaron su riqueza promoviendo guerras de expansión, colonizando y neo colonizando, dividiendo naciones y regiones, recaudando en base a la discriminación y la violencia y absorbiendo mano de obra barata a costa de imponer términos de intercambio desfavorables para las economías más débiles. Dicha cadena se continúa hoy con nuevos Tratados de Libre Comercio que afectarán las pequeñas economías en favor de las grandes corporaciones transnacionales.

Estos mismos tratados son los que transgreden intencionalmente las supuestas leyes de libre mercado mediante el proteccionismo, los dirigismos encubiertos, el endeudamiento exacerbado de personas, empresas y gobiernos y la usura de la banca internacional. El nivel de concentración de la riqueza del 1% y del 0,1% es la más alta que se registra en la historia humana. Esta riqueza desmedida cuya contraparte es el crecimiento exponencial del número de pobres en vastas regiones del planeta, es producto de leyes y beneficios a la especulación financiera. Basta saber que el dinero invertido en el circuito especulativo supera ampliamente a aquel invertido en el circuito productivo. Es indudable que en el actual sistema capitalista, es más rentable especular que producir y es mejor negocio endeudar a la gente que generar empleo.

El problema no es si un país se endeudó demasiado y debe hacer un ajuste sacrificando a su gente; acá el problema es que el actual sistema capitalista no funciona. Se trata de un sistema de usura financiera global al que nadie pone freno. Si no se resuelve la contradicción entre la distribución del ingreso y su correlato financiero que es la especulación y la usura que termina en ajustes, desempleo, recesión, empobrecimiento de regiones, marginación y desigualdad, enfrentaremos una crisis terminal que hará colapsar este sistema económico y social, trayendo consecuencias nefastas para la población.

El actual sistema político, constituido por democracias limitadas y gobiernos corruptos, no es capaz de hacer frente a la globalización que se extiende a expensas de la diversidad y autonomía de las poblaciones, de la identidad de las culturas y subculturas. Es justamente el fracaso de ese modelo concentrador, controlador, especulador y globalizante el que detona la migración.

Y al igual que la pobreza, debemos considerar la guerra y el terror como una segunda causa de la migración. La historia universal registra más de 2500 guerras, en las que han muerto millones de seres humanos. Esta estrategia de muerte, permite capturar por medio de la violencia armada los bienes sociales, y encubrir estos hechos con motivos religiosos, geopolíticos y humanitarios. La industria de la guerra moviliza fuerzas poderosas asociadas al complejo militar-industrial, agrupaciones racistas, nacionalistas radicales, fundamentalistas y grupos vinculados a la mafia. Esto no cesará mientras la venta de armas siga siendo uno de los negocios más lucrativos que existe. Las grandes potencias están actualmente financiando sus economías por medio de la venta de armamento a otros estados. Esta economía perversa es movida principalmente por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Estas guerras y amenazas para la población civil han significado la huida de millones de desesperados que intentan salvarse arriesgando sus vidas en travesías inciertas. Siria es solo el último eslabón de una larga cadena de sufrimiento y horror.

Aunque los medios occidentales presenten los conflictos como “religiosos”, “tribales” o propios de “gente oprimida luchando por la democracia” y justifiquen la intervención de los países de la OTAN en defensa de los “derechos humanos” o en defensa de la “democracia”, lo cierto es que estos países solo intervienen cuando su propio acceso a los recursos estratégicos se ve amenazado. Aprovechando acuerdos internacionales, organizan fuerzas de intervención capaces de entrar en cualquier punto del globo a imponer “su justicia”. En un primer momento llevan medicinas y alimentos y luego arremeten a balazos con las poblaciones, favoreciendo a la facción que se subordina a ellos. De este modo, tratados y pactos de defensa mutua se convierten en documentos que legitiman la acción de fuerzas llamadas “neutrales” y permiten implantar una remozada “Pax Romana”. Y en esto hay que ser cuidadosos, porque aun cuando se interviene en países justificando tal acción por razones humanitarias, la realidad está muy lejos del humanitarismo que se proclama. La resultante de esas supuestas acciones salvadoras son nuevas oleadas de migrantes.

Finalmente, más allá de qué factores detonan las migraciones, no hay grandes diferencias entre lo que vive en términos existenciales quien emigra de Siria a Europa o quien lo hace desde Perú o Bolivia a Chile o desde Colombia a Estados Unidos. Sus aspiraciones y anhelos son similares. Todo aquel que migra lo hace imaginando un nuevo lugar donde será posible tener una vida mejor que aquella que deja y, en muchos casos, poder apoyar a familiares en sus lugares de origen. Quien emigra quiere cambiar su situación de vida y alejarse de la violencia. Quiere seguir cultivando las tradiciones de su país de origen y aportar con su esfuerzo y talento a la vida comunitaria del lugar al que llega.

Sin embargo y a pesar de los deseos de quien ha emigrado, en la mayoría de ellos anida la frustración y la desesperanza. Las cosas no resultan como imaginaba y su vida no ha dado ese salto de la oscuridad a la luz con que se soñaba. Se vive en un profundo sentimiento de desarraigo, de añoranza, de pérdida de sus vínculos familiares y culturales y se compensa con intentos de adaptación que profundizan el desarraigo.

A diferencia de los capitales que circulan libremente por el mundo, los seres humanos se ven impedidos de ir de un país a otro y para hacerlo se deben humillar, pagar y arriesgar su vida. Si queremos dar una respuesta a este drama, debemos comprender que “Ningún Ser Humano es Ilegal” y que se deben abrir las fronteras al libre tránsito de las personas entre los países. El mundo del control, del impedimento de la libertad humana, de la violencia y la deshumanización, será sobrepasado. No es descabellado pensar que en un futuro cercano este “invento moderno” llamado Estado Nacional sea sucedido por una forma organizativa que responda a una sociedad nueva no violenta e inclusiva que ubique al Ser Humano como valor central. Esta forma debería acoger la diversidad de lenguas, culturas y etnias y ser capaz de converger hacia una Nación Humana Universal.

Una buena política de inmigración es una buena política para el país. No debe haber diferencias de trato. Un país que trata mal a sus inmigrantes es un país que también trata mal a su propio pueblo, aunque esto no siempre se comprenda. ¡obsérvenlo!

Será necesario entonces que los gobiernos se pregunten qué es lo que verdaderamente necesitan sus pueblos. El drama de los inmigrantes podría constituirse en una oportunidad para humanizarnos y motivarnos a organizar una sociedad en la que prime la solidaridad humana. Podemos empezar a preguntarnos a qué tipo de sociedad aspiramos; una opción podría ser una sociedad de brazos abiertos que reestructure el Estado, la salud y la educación, la economía y los servicios, para dar cabida a todos, independiente de su lugar de origen.

Proyectar y construir una sociedad basada en la solidaridad y la reciprocidad ayudará a fortalecer los lazos afectivos entre las personas y producirá un cambio de valores y estilo de vida. Para que esto sea posible, un cambio profundo debe operar al interior de nosotros mismos, en nuestra familia, en nuestro entorno inmediato. No se trata de hablar de solidaridad de manera declamativa sino de reconocer la violencia que ya está alojada en nosotros. Se trata de erradicar el resentimiento y la venganza de nuestras vidas y tomar contacto con esa profunda espiritualidad capaz de inspirar los mejores sentimientos y acciones hacia otros. Se trata de ejercer la solidaridad en la propia familia, en el barrio, en el lugar de trabajo. Allí, en las relaciones diarias, vecinales, estudiantiles y laborales, nos encontraremos con los inmigrantes y junto a ellos tenemos la posibilidad de construir una sociedad nueva que supere el odio, el racismo y las divisiones, creando redes de comunicación y acción conjunta, que den testimonio de nuestra humanidad. La respuesta no es una, no es sólo política, también es personal y existencial.

Cuando me comprometo con otros, cuando voy más allá de mis problemas personales y me oriento a construir un mundo mejor, cuando redescubro la solidaridad por sobre el individualismo desenfrenado, cuando multiplico las acciones que no van en mi propio beneficio sino en el de otros, cuando rechazo los valores y prestigios de esta sociedad cruel, inhumana y materialista, para volver la mirada y el corazón hacia el que sufre discriminación, entonces me humanizo y te humanizo.

Quiero terminar con la siguiente reflexión:

No es útil seguir buscando culpables; ha llegado pues, la hora de hacernos cargo. Nuestra sociedad está colapsando, y poco importa quienes son los responsables. Poco importa si quienes debían velar por nuestro presente y nuestro futuro nos han traicionado.

Lo que hoy importa es saber que el cambio depende de nosotros mismos.

Somos nosotros los que debemos transformarnos para vivir de otro modo.

No se trata de salvar a nuestro planeta; nosotros somos el planeta mismo, somos su vida, su mente y su espíritu.
Somos la vida que emergió en las aguas. Somos el pez que quiso ver el sol. Somos el primate que se puso de pie y que quiso pensar. Somos el primer hombre que venció el temor y se acercó al fuego hasta dominarlo. Somos la evolución y somos la historia. Somos los descendientes de los que una y otra vez cambiaron su vida y cambiaron al mundo.

Somos los hijos de la especie humana.

Pudimos antes, podremos ahora.


Nada más, muchas gracias”.

Ficnova 2014

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