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Cuando acaba de finalizar la XV Cumbre Internacional de Premios Nobel de la Paz en Barcelona, y dado el nivel de violencia y tensión que vive en estos momentos toda la Humanidad, vuelve a estar de absoluta actualidad La carta por un mundo sin violencia, que los Premios Nóbel presentaran en su 10ª Cumbre en Berlín, en 2009.

 

En aquella edición, y como invitado especial, Silo explicó La Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia (que había comenzado el 2 de octubre y que terminaría en enero del 2010 en Punta de Vacas en las proximidades del Monte Aconcagua), en el contexto del El significado de la Paz y la No Violencia en el momento actual y asumió -en nombre de todos los humanistas- la citada Carta, con el compromiso de hacerla pública allá por donde pasara la Marcha.

 

Dirigiéndose a los presentes, Silo decía “Bien sabemos que la situación actual es crítica en todas las latitudes y está caracterizada por la pobreza de vastas regiones, por el enfrentamiento entre culturas y por la violencia y la discriminación que contaminan la vida cotidiana de amplios sectores de la población. Al día de hoy existen conflictos armados en numerosos puntos y simultáneamente una profunda crisis del sistema financiero internacional. A todo esto se suma la creciente amenaza nuclear que es, en definitiva, la máxima urgencia del momento actual. Esta es una situación de suma complejidad. A los intereses irresponsables de las potencias nucleares y a la locura de grupos violentos con posible acceso a material nuclear de reducidas dimensiones, debemos agregar el riesgo de accidente que pudiera detonar un conflicto devastador.

Todo lo anterior no es una suma de crisis particulares, sino el cuadro que evidencia el fracaso global de un sistema cuya metodología de acción es la violencia y cuyo valor central es el dinero.

 

Para evitar la catástrofe atómica que parece amenazar el mundo del futuro más o menos inmediato, debemos trabajar hoy mismo superando la violencia social y personal al tiempo que exigimos:

  • El desarme nuclear mundial;
  • El retiro inmediato de las tropas invasoras de los territorios ocupados;
  • La reducción progresiva y proporcional de los armamentos de destrucción masiva;
  • La firma de tratados de no agresión entre países y
  • La renuncia de los gobiernos a utilizar las guerras como medio para resolver conflictos

 

Lo urgente es crear conciencia por la Paz y el desarme. Pero también es necesario despertar la conciencia de la No Violencia Activa que nos permita rechazar no sólo la violencia física, sino también toda forma de violencia económica, racial, psicológica, religiosa y de género. Desde luego, aspiramos a que esta nueva sensibilidad pueda instalarse y conmover las estructuras sociales, abriendo el camino para la futura Nación Humana Universal…

Siguió el discurso, destacando el punto noveno de la Carta, en el que se aludía al principio moral universal de “tratar al otro como uno quiere ser tratado”. Y terminó su intervención como decíamos, asumiendo en nombre de todos los humanistas la citada Carta, con el compromiso de hacerla pública en todo el planeta.

 

La Carta decía así:

Ningún Estado ni individuo puede estar seguro en un mundo inseguro. Los valores de la no-violencia han dejado de ser una alternativa para convertirse en una necesidad, tanto en las intenciones, como en los pensamientos y en las prácticas. Estos valores se expresan en su aplicación a las relaciones entre estados, grupos e individuos.

Estamos convencidos de que la adhesión a los principios de la no-violencia introducirá un orden mundial más civilizado y pacífico, en el que pueda ser realidad un gobierno más justo y eficaz, respetuoso de la dignidad humana y de la sacralidad de la misma vida.

Nuestras culturas, nuestras historias y nuestras vidas individuales están interconectadas y nuestras acciones son interdependientes. Hoy como nunca antes, creemos encontrarnos frente a una verdad: el nuestro es un destino común. Ese destino será determinado por nuestras intenciones, nuestras decisiones y nuestras acciones de hoy.

Estamos firmemente convencidos que crear una cultura de paz y de no-violencia es un objetivo noble y necesario, aun cuando sea un proceso largo y difícil. Afirmar los principios enunciados en esta Carta es un paso de vital importancia para garantizar la supervivencia y el desarrollo de la humanidad y lograr un mundo sin violencia.
Nosotros, personas y organizaciones premiadas con el Nobel de la Paz,

 

Reafirmando nuestro compromiso con la Declaración Universal de los Derechos Humanos,

 

Preocupados por la necesidad de poner fin a la propagación de la violencia en todos los niveles de la sociedad y, sobre todo, a las amenazas que a nivel global ponen en peligro la misma existencia de la humanidad;

 

Reafirmando que la libertad de pensamiento y de expresión está en la raíz de la democracia y de la creatividad;

 

Reconociendo que la violencia se manifiesta de muchas formas, ya sea como conflicto armado, ocupación militar, pobreza, explotación económica, destrucción del medioambiente, corrupción y prejuicios basados en la raza, la religión, el género o la orientación sexual;

 

Reparando en que la glorificación de la violencia, como se expresa a través del comercio del entretenimiento, puede contribuir a la aceptación de la violencia como una condición normal y admisible;

 

Convencidos de que los más perjudicados por la violencia son los más débiles y vulnerables;

 

Teniendo en cuenta que la paz no es solamente la ausencia de violencia sino también la presencia de justicia y el bienestar de la gente;

 

Considerando que un inadecuado reconocimiento de las diversidades étnicas, culturales y religiosas por parte de los Estados, está en la raíz de mucha de la violencia que existe en el mundo;

 

Reconociendo la urgencia de desarrollar un planteo alternativo a la seguridad colectiva basado en un sistema en el que ningún país, o grupo de países, deba contar con las armar nucleares para la propia seguridad;

 

Conscientes de que el mundo necesita mecanismos globales eficientes y prácticas no-violentas de prevención y resolución de conflictos, y que éstas tienen mayor éxito cuando son adoptadas en la fase más precoz posible;

 

Afirmando que aquellos con investiduras de poder tienen la mayor responsabilidad de poner fin a la violencia, donde sea que se manifieste, y de prevenirla cada vez que sea posible;

 

Convencidos que los principios de la no-violencia deben triunfar en todos los niveles de la sociedad, así como en las relaciones entre los Estados y las personas;

Llamamos a la comunidad internacional a favorecer el desarrollo de los siguientes principios:

 

Primero: En un mundo interdependiente, la prevención y el cese de los conflictos armados entre Estados y dentro de los Estados requieren de una acción colectiva de parte de la comunidad internacional. El mejor modo de garantizar la seguridad de los estados individuales es avanzar en la seguridad global humana. Esto requiere reforzar la capacidad de ejecución del sistema de la ONU y la de las organizaciones de cooperación regional.

 

Segundo: Para lograr un mundo sin violencia, los Estados deben respetar siempre el estado de derecho y honrar sus acuerdos jurídicos.

 

Tercero: Es esencial encaminarse sin más demoras hacia la eliminación verificable de las armas nucleares y de otras armas de destrucción masiva. Los Estados que detentan tales armas deben dar pasos concretos hacia el desarme y adoptar un sistema de defensa que no se base en la disuasión nuclear. Al mismo tiempo los Estados deben empeñarse en consolidar un régimen de no proliferación nuclear, reforzando también verificaciones multilaterales, protegiendo el material nuclear y llevando adelante el desarme.

 

Cuarto: Para reducir la violencia en la sociedad, la producción y la venta de armas pequeñas y ligeras deben reducirse y ser rigurosamente controladas a nivel internacional, estatal, regional y local. Además, debe existir una total y universal aplicación de los acuerdos internacionales en materia de desarme, como por ejemplo el Tratado sobre la Prohibición de Minas de 1997, y el sostén de nuevos esfuerzos dirigidos a eliminar el impacto de las armas indiscriminadas y activadas por las víctimas, como por ejemplo las municiones en racimo.

 

Quinto: El terrorismo jamás puede tener justificación, porque la violencia genera violencia y porque ningún acto de terror contra la población civil de ningún país puede ser perpetrado en nombre de causa alguna. La lucha contra el terrorismo no puede, sin embargo, justificar la violación de los derechos humanos, del derecho humanitario internacional, de las normas de la sociedad civil y de la democracia.

 

Sexto: Poner fin a la violencia doméstica y en las familias exige el respeto incondicional de la igualdad, la libertad, la dignidad y los derechos de mujeres, hombres y niños, de parte de todos los individuos e instituciones del Estado, de la religión y de la sociedad civil. Tales tutelas deben incorporarse a las leyes y a las convenciones locales e internacionales.

 

Séptimo: Cada individuo y Estado comparten la responsabilidad de prevenir la violencia contra los niños y los jóvenes, quienes representan nuestro futuro común y nuestro bien más preciado, y promover oportunidades de instrucción, el acceso a la asistencia sanitaria primaria, la seguridad personal, la tutela social y un entorno favorecedor que fortalezca la no-violencia como estilo de vida. La educación en la paz, que fomente la no-violencia y el énfasis en la compasión como cualidad innata del ser humano deben ser parte esencial de los programas educativos a todos los niveles.

 

Octavo: Prevenir los conflictos derivados del agotamiento de los recursos naturales y, en particular, de las fuentes de agua y de energía, exige que los Estados desarrollen un papel activo e instituyan sistemas jurídicos y modelos dedicados a la protección del ambiente y a alentar a la contención de su consumo en base a la disponibilidad de los recursos y a las reales necesidades humanas.

 

Noveno: Llamamos a las Naciones Unidas y a sus Estados miembro a promover un reconocimiento significativo de las diversidades étnicas, culturales y religiosas. La regla de oro de un mundo no-violento es: “Trata a los demás como quisieras ser tratado”.

 

Décimo: Los principales instrumentos políticos necesarios para forjar un mundo no-violento son las instituciones democráticas eficaces y el diálogo basado en la dignidad, el conocimiento y el compromiso, conducidos en el respeto del equilibrio entre las partes, y, donde sea apropiado, teniendo también presente los aspectos de la sociedad humana en su totalidad y del ambiente natural en que vive.

 

Decimoprimero: Todos los Estados, instituciones e individuos deben apoyar los esfuerzos por superar las desigualdades en la distribución de los recursos económicos y resolver grandes iniquidades que crean un terreno fértil para la violencia. La disparidad de condiciones de vida lleva inevitablemente a la falta de oportunidades y, en muchos casos, a la pérdida de esperanza.

 

Decimosegundo: La sociedad civil, inclusos los defensores de los derechos humanos, los pacifistas y los activistas ambientales, debe ser reconocida y protegida como esencial para la construcción de un mundo no-violento, así como todos los gobiernos deben servir a sus propios ciudadanos y no al contrario. Deben crearse las condiciones para permitir y alentar la participación de la sociedad civil, en particular de las mujeres, en los procesos políticos a nivel mundial, regional, nacional y local.

 

Decimotercero: Al poner en práctica los principios de esta Carta, nos dirigimos a todos para que trabajemos juntos por un mundo justo y sin asesinatos, en el que cada uno tenga el derecho a no ser muerto y, a la vez, el deber de no dar muerte a nadie.

 

Para remediar todas las formas de violencia, alentamos la investigación científica en los campos de la interacción humana y del dialogo, e invitamos a las comunidades académicas, científicas y religiosas a ayudarnos en la transición hacia una sociedad no-violenta y no-asesina.

Ficnova 2014

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