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Por LOURDES GÓMEZ | Londres
 

Les marcaban con plumas blancas y ahora les honran con un clavel blanco. Un siglo ha transcurrido entre ambos gestos, completamente opuestos en finalidad e intención, hacia los objetores de conciencia.

El primero, que se propagó como la pólvora durante la Primera Guerra Mundial, simboliza la cobardía de los hombres que rechazaron alistarse en las Fuerzas Armadas británicas. El segundo indica valor y firmeza de carácter en los que se negaron, y aún se resisten, a empuñar un arma contra otros seres humanos.

Batallones de mujeres patrullaban las calles de Reino Unido durante la 'Gran Guerra' y entregaban una pluma blanca a los varones que no vestían uniforme militar. La ofrenda representaba la más directa táctica para identificar y humillar en público a los que desobedecieron la consigna de la propaganda gubernamental: «El país os necesita».

Más de 16.000 británicos dijeron «no a la guerra»  por motivos éticos, religiosos, humanitarios o políticos. «El pacifismo se remonta al siglo XVII pero la guerra de 1914 fue la primera ocasión de resistencia masiva.  El impulso vino forzado por la imposición obligatoria del servicio militar en enero de 1916. El objetor de conciencia tuvo entonces que decidir si iba a acatar o resistir la nueva legislación», afirma David Boulton, autor de 'Objection overruled', una crónica actualizada de la objeción de conciencia en Reino Unido

 

Pioneros

La declaración de hostilidades contra Alemania, el 4 de agosto de 1914, precipitó la formación de grupos de presión y asociaciones políticas en torno a figuras clave en el movimiento pacifista, como el economista y asesor en el Tesoro británico, John Maynard Keynes, el filósofo Bertrand Russell, el biógrafo y miembro del grupo de intelectuales de Bloomsbury, Litton Stratchey, o, entre otros, el diputado Philip Morrell y su mujer Lady Ottoline. Llevaron la campaña al Parlamento de Westminster y lograron incluir la objeción de conciencia entre las cuatro posibles exenciones al reclutamiento admitidas en la Ley del Servicio Militar de 1916.

«Introducir la objeción de conciencia en la legislación fue un gran logro», reconoce Ruth Cadbury, concejala laborista en un ayuntamiento del oeste de Londres. Cuáquera como el resto de su familia -fundadora de la famosa marca de chocolate- participó el día internacional de los objetores de conciencia, el 15 de mayo, en un homenaje que este año adquirió mayor trascendencia por coincidir con el centenario de la Primera Guerra Mundial.

«En la fábrica se cuestionó si se debía enviar chocolate al frente. Lo que unos consideraban un acto de humanidad, otros lo veían como una acción que alimentaría la guerra. Así es el pacifismo, un continuo dilema de conciencia y cada persona ha de tomar su propia decisión» Ruth Cadbury.

Cadbury aguarda en fila, junto a familiares de otros no combatientes, el momento oportuno para depositar un clavel blanco sobre la piedra de granito que se colocó en 1994 en Tavistock Square en memoria de los objetores de conciencia. Quiere honrar una vez más  a sus ancestros que no se alistaron en el Ejército pero colaboraron en el esfuerzo nacional en hospitales o conduciendo ambulancias. «En la fábrica se cuestionó si se debía enviar chocolate al frente. Lo que unos consideraban un acto de humanidad, otros lo veían como una acción que alimentaría la guerra. Probablemente yo habría enviado los chocolates. Es una postura personal. Así es el pacifismo, un continuo dilema de conciencia y cada persona ha de tomar su propia decisión», explica al casi millar de jóvenes y mayores que asiste a la ceremonia en esta plaza del centro de Londres.

«Los derechos humanos es la genuina contribución de los objetores de conciencia», sostiene Boulton. «Fueron muy influyentes en la Declaración de Derechos Universales de la ONU. No consiguieron abolir la guerra pero han tenido un peso crucial en la introducción y desarrollo del concepto de derechos fundamentales», recalca el historiador.

Seis mil de los 16.000 objetores británicos fueron encarcelados al menos en una ocasión a lo largo de la guerra. Peor suerte tuvieron los estimados 1.500 «absolutistas» que pagaron su rechazo total a asistir en tareas civiles a la «fútil contienda» con edictos de muerte, conmutados después a años de trabajos forzados en cautiverio. El ostracismo, los insultos y ataques de los vecinos se prolongaron hasta después del armisticio. «Mi abuelo era un pacifista de Yorkshire y condujo ambulancias durante la guerra. Cuando regresó al pueblo no encontró empleo. Le tacharon de cobarde por no combatir y nadie le dio empleo», rememora Max Smith, productor de la BBC.

La objeción de conciencia tiene hoy un perfil más aceptado socialmente, aunque la ley castrense sigue castigando a soldados británicos que cambian de opinión y se niegan a ir al frente, ya sea en Irak o Afganistán. Corea del Sur e Israel se citan entre los países con mayor número de presos por rechazar las armas. «En tiempos de paz se les reconoce como idealistas y gente con principios nobles. Pero no debemos hacernos muchas ilusiones. De caer en otra terrible guerra mundial, quien se niegue a luchar será tan impopular y perseguido como en 1916», resalta el historiador.

La política laborista relaciona la  evolución de las percepciones del objetor de conciencia con la apertura informativa que, a diferencia del mono-canal de la propaganda estatal de antaño, lleva los conflictos a los televisores de todos los hogares. «Ahora hay más debate», advierte, y puntualiza: «El pacifismo no es pasivo. Implica una acción activa y constante para prevenir guerras, limitar el conflicto, fomentar el diálogo, procurar la reconciliación y dar tiempo a la diplomacia».

 

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