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Por Tony Robinson

Es este un momento en el calendario deportivo internacional cuando cientos de millones, si no miles de millones de personas en todo el mundo, recuerdan que tienen una nacionalidad, y de que están en una especie de guerra con personas de diferentes nacionalidades. Me refiero a la Copa del Mundo que está teniendo lugar en Brasil. Pero podría estar hablando también de los Juegos Olímpicos o de cualquier otro festival deportivo internacional. Todos los días el navegar en Facebook se convierte en una fuente inagotable de diversión cuando amigos de todo el mundo publican mensajes sobre a qué equipos de fútbol están apoyando.

¿Cuáles son los síntomas de este nacionalismo de butacas?

Muy repentinamente, una histeria de masas comienza a apoderarse de la gente con una identificación excesiva con la patria y con otras personas que provienen del mismo lugar. Durante meses, o incluso años, la gente racional mantiene su idea de nacionalidad en una cierta proporción, pero de repente cuando se inicia el fútbol la gente comienza a colgar banderas de sus ventanas, a vestir camisetas iguales a las de los jugadores e incluso a pintar sus caras con los colores de la bandera nacional. Esto sucede incluso entre los activistas sociales quienes realmente deberían estar más concientes del fenómeno: me incluyo en esta categoría.

¡Y esto es extraño, porque en el propio país la mayoría de las personas no se aprecian unos a otros! Cuando vivía en el Reino Unido, compartí prácticamente nada en común con cualquiera de las otras personas que nacieron allí, excepto un lenguaje y un tipo de sentido del humor. Sin embargo, vienen los Juegos Olímpicos, y me encontraba llorando cuando alguien que ni conocía ganaba una medalla para mi país. Grité de alegría cuando un corredor a quien nunca conocí, y que había nacido en Somalia pero representaba al Reino Unido, ganaba dos medallas de oro en los 5.000 y 10.000 metros. Rompí en orgullo cuando Londres organizó el mejor festival deportivo de dos semanas que el mundo haya visto jamás. (¿Ve usted cómo puedo dejarme llevar en esa hipérbole?)

¿Por qué sucede esto?

Creo que es importante tratar de comprender el mecanismo que se activa, porque una multitud que rodea un campo de fútbol, o ve la televisión, puede parecer inofensivo. Sin embargo, no hay mucha diferencia entre lo que aparenta ser un teatro del deporte y lo que sería un teatro de guerra. (Como para subrayar el punto, en este mismo momento, los goles de Wayne Rooney contra Uruguay dibujó una gran sonrisa en mi cara y, espontáneamente, me puse a aplaudir).

Desde el nacimiento, en nuestro países se nos adoctrina con el patriotismo. Se nos enseña a identificarnos con el himno nacional, en algunos países la gente se levanta o pone la mano sobre su corazón. Se nos enseña en las escuelas sobre los “héroes” que surgieron de nuestros países y los grandes aportes que hemos hecho al mundo. Estoy seguro que si se le pregunta a cualquier niño en la escuela, cuál es el mejor país del mundo, ellos responderían que se trata de su país.

Cada país cuenta con un currículo educativo que refuerza esta percepción. Recuerdo vívidamente las semanas que pasé a la edad de 10 años aprendiendo cómo el Reino Unido ganó por sí solo la Segunda Guerra Mundial con un poco de ayuda de los EE.UU. al final. Fue años más tarde, cuando me enteré sobre el papel que jugó la Unión Soviética.

Y, por supuesto, están los medios que propagan el mensaje nacionalista. Organizaciones de medios financiados por el Estado, tales como la BBC en el Reino Unido, que están obligados a hacerlo porque el estado paga por ello y la gran mayoría de las empresas privadas de comunicación están en manos de la derecha conservadora que más que nada le gusta promover una agenda nacionalista. La izquierda también tiene en su historia considerar al Estado como el valor central en lugar de la mano de obra.

Este nacionalismo, desde luego, es totalmente en beneficio de los políticos cuya existencia en el Parlamento se basa en cuánto representan a los sueños nacionales de la población: los sueños que los políticos han depositado en nuestro cerebro a través de un seleccionado programa de educación.

¿Seguro que no se trata solo de un poco de diversión en un campo de fútbol?

Bueno, no, no lo es, ¿verdad? Debido a que es este mismo nacionalismo el que lleva a hombres y mujeres jóvenes, en su mayoría procedentes de entornos socialmente desfavorecidos, a inscribirse en las fuerzas armadas. Es este “orgullo patriótico” que permite a nuestros políticos enviar a nuestros jóvenes a zonas de guerra y arriesgar sus vidas por “la reina y el país” o cualquiera sea la consigna en otros países.

Sin esta identificación de “nuestra nación” en guerra con otra nación, nadie dejaría su casa para luchar en un país a miles de kilómetros de distancia.

Lo estamos viendo de nuevo hoy en los medios de comunicación, “los terroristas Isis están planeando ataques en Gran Bretaña”, dice David Cameron según el diario Telegraph del Reino Unido. Es en esta misma línea que Tony Blair hizo circular la idea de que Irak podría lanzar un arma de destrucción masiva en 45 minutos que alcanzaría al Reino Unido, cuando lo dijo en la Cámara de los Comunes.

El Primer Ministro del Reino Unido está fomentando deliberadamente un sentimiento nacional, haciendo que la gente sienta miedo en sus propias casas, para que posteriormente pueda él jugar el papel de héroe en tiempo de guerra mientras, una vez más, envía tropas al agujero infernal en el que se ha convertido Irak desde la guerra contra Saddam Hussein. [No es que se trataba de un paraíso con Saddam, usted comprenderá, pero no era como lo es ahora.]

La guerra es imposible a menos que haya un número suficiente de personas que se identifiquen con fuerza por su nación para que se les pueda convencer de arriesgar sus vidas para “salvarla”.

¿Cómo nos movemos más allá de este estrecho nacionalismo?

En primer lugar tenemos que reconocer la manipulación de la que hemos sido objeto desde nuestra primera infancia, y cuando lo hayamos hecho, tenemos que empezar a ponernos de acuerdo sobre cuáles son los valores que queremos proyectar hacia el futuro. ¿Cuáles son los valores que benefician a la vida, que benefician a los seres humanos – todos nosotros, independientemente de la ubicación accidental de nuestro nacimiento-?

Estamos hablando aquí de los valores de una Nación Humana Universal, porque seguro que, sin lugar a dudas todo ser humano está en la búsqueda de elementos como la felicidad, la convivencia pacífica, los mejores servicios de salud y educación posibles, la seguridad en la vejez, la comida, el agua y la energía para alimentar sus hogares, las amistades gratificantes y las relaciones personales con los demás seres humanos que traen alegría y placer, e incluso el amor, la posibilidad de realizar un proyecto con otra persona o sola para criar niños.

Estos son los valores que nos unen y con seguridad son mejores que los imperios, reinos y mitos del pasado que se utilizan en el presente para manipular a los ingenuos para enviarlos a la guerra.

Así que la próxima vez que usted esté sentado en su sillón emocionándose por una competencia deportiva, recuerde que solo porque ese equipo proceda de la misma zona geográfica, no significa que ellos le representan más a usted de lo usted los representa a ellos.

Cuando usted comience a emocionarse al escuchar su himno nacional, recuerde que esa reacción fue acondicionada en usted cuando era niño, cuando no tenía posibilidad de elegir la información con la que se alimentaba su conciencia.

Y, por último, cuando su equipo fracase una vez más en ganar la copa del mundo, solo recuerde que los políticos de su país han perdido una oportunidad fantástica para hacerle olvidar el pésimo estado de su situación económica personal, y ojalá pueda volver renovado al activismo social en el que estaba usted comprometido antes de que el virus del nacionalismo de sillón tomara el control de su capacidad de pensar racionalmente.

Ficnova 2014

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