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Por Olga Rodríguez para eldiario.es

Podemos ha entendido la urgencia del momento y los intereses que comparten diversos sectores de la sociedad.

Más allá de las siglas, hay que ir a donde está la gente y no esperar a que ésta vaya a las sedes de los partidos políticos.


Hace unos meses el profesor de Ciencias Políticas Ariel Jerez me habló de un proyecto que se estaba fraguando: una iniciativa en un momento en el que desde diversos sectores de la sociedad se reclamaban nuevos modos de concebir la política para hacer frente al expolio y al aumento de la desigualdad. Lo documentaba con datos, estadísticas y encuestas que él y otros manejaban.

Meses más tarde, el profesor de Filosofía Luis Alegre y el activista Miguel Urban, perteneciente a Izquierda Anticapitalista, me convocaron en la librería La Marabunta para hablarme de algo en lo que estaban implicados. Esa fue la primera vez que oí hablar de la iniciativa ya con su nombre, Podemos.

En aquellos días tanto ellos como el profesor de Ciencias Políticas Juan Carlos Monedero, el politólogo Íñigo Errejón- que se convertiría en director de campaña de Podemos- o el propio Pablo Iglesias, entre otros, explicaron a cientos de personas interesadas que aquello iba a ser un proyecto horizontal, inclusivo, con Pablo Iglesias como imagen más visible, pero con mucha gente diversa detrás, y con un objetivo my claro: favorecer el protagonismo popular y ciudadano. Ese método participativo abierto a toda la ciudadanía es sin duda uno de los grandes logros y atractivos de Podemos.

Días después se hizo público que Pablo Iglesias irrumpía en la escena política. En tan solo unas horas recabaron decenas de miles de apoyos a través de su página web. Estaba claro que la iniciativa era algo diferente. ¿Por qué? Porque al contrario que las formaciones políticas clásicas, Podemos no pretende encerrarse entre cuatro paredes, sino ir donde está la gente, buscando apoyos, creando espacios de participación, transmitiendo ilusión, un empeño claro en ganar y no solo de conformarse con un trozo del pastel a cambio de legitimar el statu quo.

En estos meses la formación encabezada por Iglesias ha sido capaz de comunicar y de mostrar su voluntad de transformación no solo política, sino también social. Como él mismo decía este pasado lunes, “la comunicación es una de las grandes herramientas para dar la batalla en uno de los terrenos cruciales del combate ideológico”.

Crear hegemonía cultural

Mientras otras formaciones políticas parecen trabajar más por sus siglas que por la sociedad, o pecan de partidismos y sectarismos que ahuyentan a mucha gente, Podemos ha sabido entender la urgencia del momento y los intereses que comparten grupos diversos. Dicho en palabras de Monedero, “quienes quieran seguir teniendo una presencia social de secta en España solo necesitan insistir con verdad de catecismo en que solo hay salvación en la pureza ideológica”.

No es casualidad que Antonio Gramsci sea referencia para algunos de los impulsores de Podemos. Como señaló Habermas, la cultura puede ser una poderosa herramienta inmovilizadora, y sus valores, el modo en que el orden se perpetúa. Dicho en palabras de Chomsky, la globalización extiende el control de una minoría privilegiada frente a una mayoría subordinada. La creación de una nueva hegemonía cultural -usando el término gramsciano- no podrá conquistarse a través de una organización política encerrada en sus sedes o en sus politburós, sino con iniciativas dispuestas a encontrarse con otros, a ser más movimiento social y menos partido político.

Se puede hacer política solo con los militantes políticos o, por el contrario, se puede apostar por crear puntos de encuentro que rebasen los límites de los partidos, para integrar de forma activa a diversos grupos de la sociedad que comparten objetivos e intereses. Hay en esta segunda opción una voluntad transformadora que trasciende el ámbito de los programas electorales para concretarse en acción no solo desde el escenario político, sino también ideológico y cultural.

Izquierda Unida

En este sentido, resulta interesante repasar una entrevista que le hice hace un año al diputado de Izquierda Unida Alberto Garzón, una de las caras más populares de su formación, en la que decía precisamente que “IU, que se define como organización política y movimiento social, tiene que seguir perdiendo parte de partido y ganar parte de movimiento social para establecer mayor horizontalidad”.

Y añadía, comentando la apurada situación económica de tantos: “La gente necesita un instrumento de cambio: O IU se convierte en ese instrumento, o si no la gente buscará otro”.

Los resultados del 25M demuestran que Izquierda Unida no ha experimentado una subida proporcional a la indignación social que existe. No ha sabido representarse como motor de cambio y ocupar ese espacio que tantos reclaman. Así lo reconocía este martes el propio Garzón en una entrevista concedida a eldiario.es:

“Podemos ocupa un espacio que IU no ha sabido ocupar; nuestro discurso ha de girar más hacia el 15M y hacia aquellos que están hartos de la forma actual de hacer política”.

Es decir, IU sigue sin ser "más movimiento social". Existen en ella funcionamientos rígidos y burocráticos, a pesar de tener dentro a gente deseosa de dar un vuelco a la organización para convertirla en una herramienta al servicio de la sociedad.

A pesar de que Podemos ya había irrumpido en escena con un discurso y una forma de actuar rompedores, IU optó por el continuismo, con un número uno que aparecía por tercera vez como candidato a las elecciones europeas, transmitiendo así el mensaje de que esta coyuntura no era distinta a las anteriores. Y si en la lista surgieron finalmente caras nuevas, más conectadas con la calle y movimientos sociales, fue porque las demandas y tensiones internas surgidas en IU alcanzaron niveles extremos.

Sin embargo, esos nombres no ocuparon los primeros puestos de las listas y, como subrayaba Isaac Rosa, sus rostros no aparecieron en los carteles electorales de la formación (o, si lo hicieron, se divulgaron poco). Podría interpretarse que su inclusión en la lista obedecía más a un intento por acallar protestas internas que por impulsar un verdadero cambio.

Son muchas las voces que defienden la necesidad de reunir, construir, sumar e ilusionar. Como decía Alberto Garzón en la entrevista de hace un año antes mencionada:

“IU tiene que mostrarse atractivo, demostrar que puede aglutinar a la gente (...). Lo importante es aglutinar a la gente en torno a un proyecto y no la bandera que llevamos”.

Espacios de confluencia

No es casualidad que ahora, tras los resultados del 25M, tanto en diversos sectores de IU como fuera de la organización, se piense en Alberto Garzón para un proceso de renovación en su agrupación política e incluso para pilotar un acercamiento a Podemos. Él mismo, en la entrevista de este martes en eldiario.es indica que “compartimos proyecto con Podemos y muchos en IU queremos confluir”. Además, subraya que IU “ha de acometer una revisión a fondo en clave de democracia interna y buscar una nueva forma de comunicar”.

Cómo hacer posible esa confluencia será todo un debate. Probablemente, y para no caer en los modos clásicos de hacer política, más que intentar incorporaciones de un partido en otro deberán buscarse espacios comunes en los que ambas agrupaciones puedan trabajar, con muchos otros, por la creación de una mayoría social y de una unidad popular. Es decir, un frente nuevo, amplio e inclusivo.

Este es un momento clave para hacer frente al bipartidismo servil con el poder financiero y al elitismo político que opera de forma antidemocrática. Es un contexto para aprehender los elementos consensuales de la sociedad civil, volcarlos en un discurso ideológico global y unificador y plasmar éste en un proyecto de toma de poder que no solo asegure el consenso, sino que sea la expresión de ese consenso.

Para ello, más allá de las siglas hay que ir a donde está la gente y no esperar a que ésta vaya a las sedes de los partidos. El amplio espectro social que comparte intereses comunes, que defiende las pensiones, la dación en pago retroactiva o la sanidad pública de calidad, entre tantos otros derechos fundamentales, recibiría con ilusión y esperanza este otro modo de hacer política. En ese sentido, los resultados del 25M transmiten un mensaje importante y son de por sí un buen comienzo.

Ficnova 2014

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