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En la historia de la Humanidad las guerras siempre han estado presentes, siendo la fuente más grande de dolor y sufrimiento.

La inmoralidad de los violentos y la fuerza moral de la No Violencia.


Hay quienes están interesados en que se produzcan conflictos armados. Presentan la violencia física como un comportamiento natural del ser humano, donde en la idea de "natural" subyace el significado de aquello que no puede ser transformado por la intención, de aquello que será así para siempre, mientras exista el hombre. Algunos han ido más allá, presentando la violencia como "un mal necesario".

El edificio humano se ha construido gracias al trabajo, la creatividad, el intercambio y la solidaridad de las generaciones. También es cierto que, en ocasiones, personas, grupos o pueblos actúan violentamente provocando así idéntica respuesta. Sin embargo, siempre hay condiciones previas a un estallido de violencia y es allí donde se puede y se debe actuar para desviar las enormes fuerzas que se ponen en marcha. La no violencia es lo opuesto a una actitud débil, blanda o cobarde y en nuestro enfoque no excluye el derecho a la autodefensa. La actitud no violenta es una elección posible y hoy decimos necesaria, mediante la cual las personas, un grupo o un pueblo muestra su fuerza moral y la altura de su conciencia a sus contemporáneos y a quienes le siguen en la historia.

La violencia es un "error de respuesta", no la expresión de la maldad intrínseca del género humano. A menos que se quiera adjudicar tal rasgo patológico, de enfermedad mental a todo ser que nace en este planeta, habrá que aceptar que las guerras no son un hecho mecánico, incontrolable, natural como un huracán o un terremoto. Responden a intereses, a intenciones de personas y grupos concretos. La guerra es pensada, planificada y decidida por estos pocos, enfermos de crueldad, de ambición de poder y de dinero. Ellos involucran a los pueblos en la ejecución de sus planes con argumentos y justificaciones que son esencialmente inmorales y por lo tanto no válidos. La muerte, la locura, la desesperación, las mutilaciones, las enfermedades, las secuelas de destrucción, de hambre, de soledad... son las consecuencias de tal inmoralidad.

Beneficios para la población mundial por la reorientación de los presupuestos bélicos

La amenaza de confrontaciones y el estallido de guerras locales continúa crecientemente; otras fuerzas se han activado ahora de manera policéntrica tomando la forma de nacionalismos, luchas étnicas o religiosas. Estas situaciones impiden que los pueblos puedan desarrollarse en el marco de la paz, del intercambio, de la hermandad. La incidencia negativa que las guerras tienen en la economía se acentúa en los países con menores recursos, cuando restan para gastos de armamentos y defensa parte de los presupuestos nacionales que deberían destinarse a la  educación, la salud, la ciencia y la cultura. En reiteradas oportunidades se ha comprobado que los gobiernos de muchos países invierten más en las áreas de defensa que en las de salud y educación. Para otros, en cambio, las guerras son fuente de divisas porque aumentan las exportaciones mediante la venta de armas y tecnologías de uso militar.

Numerosos estudios han demostrado que el hambre en el mundo, por ejemplo, podría superarse con solo el 10% de lo que se gasta en armamentos e investigación con fines destructivos. Resulta difícil imaginar lo que podría hacerse destinando el 30, el 50 o el 100 por ciento de esos recursos para impulsar la vida, no la muerte; para ayudar a superar el dolor físico y el sufrimiento mental, en lugar de generarlos.

Vivimos en un mundo en el que ya no es legítimo afirmar: "Esos son problemas de otros, aquí no tenemos conflictos". En el rápido proceso de globalización actual, que tiende a acelerarse, lo que ocurre en un lugar repercute inmediatamente en otros: caen las bolsas de valores, surgen crisis en cadena en las economías de países y de regiones enteras, los programas de ajuste transforman el modo de vida de cientos de millones de personas en muy poco tiempo y esto lleva, a su vez, a estallidos sociales y fenómenos migratorios masivos.

La historia humana es la expresión de la rebelión frente a "lo dado"

Podemos cometer la ingenuidad de suponer que las guerras terminarán mágicamente, hagamos lo que hagamos o aunque no hagamos nada y que un día nos enteraremos por los medios de comunicación que "la paz ha llegado para quedarse". No se trata de algo que ocurrirá inevitablemente: podemos eliminar las guerras, lo cual no es lo mismo que afirmar que "se eliminarán". La inmensidad y complejidad que implica un proyecto para erradicar las guerras puede ser, a nivel personal, una imagen que paraliza en vez de movilizar. Resulta difícil después de siglos de violencia imaginar que cesan las guerras. Sin embargo, antes que se establezcan estrategias políticas internacionales y planes locales, la imagen de un planeta sin guerras deberá vivir primero como una visión íntima y como un compromiso personal en cada uno de nosotros. Este es el punto clave, es el punto de arranque de toda la cuestión. Sí, la mayoría de los seres humanos no queremos las guerras, pero al mismo tiempo no creemos que sea posible cancelarlas, entonces lo primero que tenemos que cambiar está en nuestras propias cabezas: son nuestras creencias acerca de esta supuesta inmodificable realidad. Tenemos que cambiar la idea de que "no es posible", porque muchas veces lo que nos impide transformar aquello que llamamos "realidad" es solamente lo que creemos de ella.

¿Qué es la historia humana sino la historia de la superación de los límites? ¿Acaso podríamos hoy poner los recursos de la naturaleza a nuestro favor para alimentarnos, curar las enfermedades y avanzar en el conocimiento de nuestro cuerpo, navegar y conocer la profundidad oceánica, comunicarnos instantáneamente de un extremo a otro del planeta, volar y explorar el Universo, si desde el surgimiento mismo de lo humano, desde los primeros rudimentos de civilización no hubiera existido la rebelión frente a "lo natural", frente a "lo dado".
 
Este es el sentido de la Historia: un constante esfuerzo por superar el dolor y el sufrimiento personal y social, por alcanzar la felicidad, la libertad, la alegría de vivir. Una lucha ininterrumpida a través de milenios para transformar el ambiente natural en un lugar apto para la vida humana y el ambiente social en un lugar digno para un desarrollo sin límites.

Una fuerza moral organizada puede cambiar la dirección de la historia

Tenemos la responsabilidad y la necesidad moral de decidir si queremos seguir viviendo y en qué condiciones queremos hacerlo. Es nuestro privilegio actuar ahora; por nosotros, por las generaciones que vendrán y por aquellas que nos precedieron. Hacer nuestra parte y alcanzar la más alta meta: erradicar la violencia como forma de relación, transformarnos y transformar al mundo en la morada de una nueva humanidad y lograr esto en el curso de nuestra vida.

Queremos solucionar el problema de las guerras. Pensamos que esto será posible si existe una firme intención que se difunde generando ámbitos de organización y participación. A medida que más y más gente se incorpora a la campaña, surgirán ideas, planes y estrategias de acción completamente nuevos y se abrirán caminos hoy inimaginables. Es preferible correr el riesgo de no alcanzar la meta antes que no dar ningún paso en esta dirección.

Detener las guerras no es una idea nueva: innumerables son los que han trabajado a lo largo de la historia en distintos momentos, en distintas regiones con ideas de paz, de no violencia, de solidaridad, de no discriminación, de tolerancia e integración de la diversidad. Muchos lo están haciendo ahora, pero no es suficiente. Es necesaria una poderosa acción conjunta, capaz de barrer con concepciones, prejuicios, grupos y organizaciones que pretenden mantenernos en la prehistoria humana con el imperio de la ley del más fuerte, en un ambiente dominado por el prejuicio, la discriminación, la brutalidad y el nihilismo.

Una causa social digna donde se exprese la coherencia personal

Queremos la paz. Queremos vivir en un mundo verdadera y definitivamente humano. Queremos vivir aquel día en el que las guerras cesen y estalle la alegría de la gente. Aspiramos a ello, lo creemos posible. Tenemos fe en nosotros mismos y en los demás seres humanos.

Declaramos que amamos la vida, que toda vida es sagrada. Que cada niño, cada joven y cada anciano, cada hombre y cada mujer no importa su color, su religión o su nacionalidad tiene derecho a construir su vida sin el temor a una muerte que otros decidirán para él.

Proclamamos que el ser humano es el valor más alto y que la no violencia es la actitud más digna, e invitamos a otros a definir su postura en estos temas fundamentales.

Afirmamos que la tarea más valiosa hoy es: rescatar al hombre de la violencia. Por lo que invitamos a participar en esta causa digna, preparando el camino de la nueva humanidad.
 

Ficnova 2014

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